El Huarás de los anhelos imperfectos

Por: Omar Robles Torre

Recuerdo, cuando niño, a nuestro Huarás que se empezaba a levantar de los escombros producto del trágico terremoto del 70. En ese despertar vi una ciudad tímida, pequeña, donde casi todos nos conocíamos o nos veíamos a través de sus imperfectas calles que, todavía en ese tiempo, no se pavimentaban.
Tengo un recuerdo vago de la iglesia del barrio de La Soledad, una construcción de madera que luego, gracias al esfuerzo de los vecinos, se levantó como hoy la conocemos. La recuerdo muy bien porque estudié en el CEI 121 y vi su construcción desde muy cerca, pues la iglesia se encontraba al frente.
Esa resurrección de nuestra ciudad la tengo siempre presente. Un proceso de cambios que creo que seguí con mucha atención, incluso las quejas y lamentaciones cuando se iniciaba una nueva gestión municipal, siempre se decía que no había presupuesto y el desarrollo urbano seguía postergándose.
Huarás tenía sus calles de tierra y piedra; subir por el jirón Julián de Morales era bien pesado por las rocas que te encontrabas en el camino. Así era casi toda la ciudad, y ni qué hablar de Nicrupampa, que se convertía en un verdadero lodazal cuando llovía. Solo la avenida Luzuriaga estaba pavimentada.
Es ese el Huarás en el que viví y en el que vivieron los huaracinos que pasan como yo los cuarenta años. Pero además de cargar con esa reconstrucción, llevábamos otra mochila en nuestros hombros, el de aquella tradición de la que nuestros padres y abuelos siempre nos hablaban, aquella que existió antes del 70 y que parecía un mundo perfecto, ideal, una visión que no se ha logrado superar porque esa mirada del pasado es muy fuerte hasta hoy, y se ha convertido en una daga en el pecho que no nos deja avanzar.
En el Huarás que crecí vi llorar a mi ciudad y a la vez gritar para que el mundo la conociera, necesitábamos salir adelante y se fueron produciendo avances importantes, como en el turismo, pues recibíamos a mucha gente en nuestras casas; y es cierto que los gobernantes de turno no nos apoyaron mucho porque fueron postergando el anhelado desarrollo, generando una ciudad desordenada e imperfecta, con un comercio ambulatorio caótico que no solucionamos hasta hoy.
Huarás es una ciudad imperfecta igual que mis personajes, que se lamentan porque no terminan la catedral, o sienten que la ciudad los golpea el pecho pues es un espacio que no los integra, o no se sienten parte de ella porque es una urbe que ha recibido sucesivas migraciones que la han deformado. La famosa frase de nuestro recordado don Panchito Gonzales, “Huarás, una ciudad sin rostro”, hoy en día se hace más real.
Y es en esa ciudad imperfecta que fueron apareciendo mis personajes; todo fue lento hasta antes de la llegada de la minería, luego nuestras vidas cambiaron, y la manera de ver las cosas también, porque abrimos los ojos y nos dimos cuenta que, por ejemplo, teníamos taxis en cada esquina de nuestras casas; empezaron a llegar negocios, bancos, a levantarse antenas; los postes de fierro de las esquinas se reemplazaron por altas torres de energía de alta tensión. Nuestra ciudad había cambiado y no nos habíamos dado cuenta.
Es bueno señalar que he escrito sobre aquel Huarás de mi adolescencia y juventud, el de unas décadas atrás, el que yo conocí, para que se pueda entender mejor cómo nacieron las historias de estos Anhelos imperfectos. El marco espacial y temporal es el de una ciudad imperfecta, con personas que anhelan su desarrollo y siempre se posterga o no se concluye. Cuánto tiempo venimos hablando de la construcción de un nuevo hospital, o de un mall o supermercado, pero avanzamos dos pasos y retrocedemos tres.
Estas historias nacen luego de alejarme de mi ciudad tras concluir mis estudios secundarios; me fui a Lima y estuve allá algo más de siete años; y en los años vividos en la capital decidí escribir estas historias que empezaron como borradores, manuscritos en cuadernos de hojas cuadriculadas, y que fueron creciendo poco a poco cuando las trasladé a la computadora. En los siguientes años, cuando empecé a vivir en Huarás, me parecieron historias muy juveniles que preferí dejarlas para desarrollar otros temas; pero de vez en cuando volvía a ellas y las iba retocando, corrigiendo y volviendo a corregir. El primer cuento, “El nuevo Chifa de Huarás”, fue el que trabajé más y exigía que todo tuviera coherencia para armar bien el perfil de los personajes y no se cayera la historia. Lo fui haciendo muy lentamente, y me disculpo con mis amigos literatos por iniciarme en el cuento un poco tarde.
Pero debo decirles también que desde hace dos años vengo escribiendo no solamente estas historias juveniles del Huarás de los 80 y 90, sino también de otro tipo, siempre de la misma época, pero otro tipo de experiencias. Porque estoy convencido de que debemos volver nuestra mirada hacia atrás para repensar en nuestros anhelos y ser cada vez menos imperfectos como sociedad y como personas.
Volviendo al libro, en un inicio fueron ocho historias, se recortaron a cuatro y luego se incorporó uno más. Quedaron en el tintero otras que no guardan relación directa con la ciudad. Aunque, luego de concluido el libro y volverlo a corregir, busqué los manuscritos originales y hallé más historias de mis personajes, como el de este Chifita que sigue buscando realizarse en una ciudad que lo discrimina, o Javier, que por fin encuentra a Rocío y se le declara.
Antes de terminar quiero explicar el motivo de porque está escrito la ciudad de Huarás con tilde y “S” en todo el libro. Considero importante recoger lo que dice nuestro Marcos Yauri Montero que escribir Huarás con tilde y “S” es optar por la integración, recoger la voz quechua ancestral Huarás; y la tilde elemento ortográfico del castellano.
Agradezco a mi familia, mis padres, mi esposa, mis hijos, y a mis nuevos amigos, Joel y Elí, quienes leyeron primero mis cuentos; a Ricardo Ayllón por el buen trabajo editorial; a Einer Lliuya, compañero talentoso de la fotografía y el video; a Franklin Ángeles, aliado de jornadas periodísticas y literarias, y a todos los que hoy me acompañan.
Son estos cuentos imperfectos que hoy he querido presentar y agradecerles por su compañía en este mi nacimiento literario. Muchas gracias.